El sol de aquella tarde se ponía por el oeste de aquella ciudad, dando un juego de luces y sombras a las murallas que la rodeaban y provocando una cómoda sensación de calidez.
Al otro extremo de la capital paseaba un joven, espalda firme y recta, mirando hacia el frente con gesto de comerse el mundo; Vestía una cara cota de malla fabricada por el mejor herrero del reino, botas y pantalones de cuero de alta calidad y blandía una enorme espada cuyo filo cegaba con el reflejo de la puesta de sol. No tardó mucho en percatarse de que alguien le estaba observando desde una ventana: Ella tenía la piel blanca y los ojos azules, su largo pelo rubio dibujaba una espiral trensada sobre su cabeza llegando hasta la cintura. Se ruborizó de forma instantánea al observar que aquel joven se puso al tanto de su interés por él. Él, por su parte, le sonrío de forma amable y siguió caminando pensando en que quizás después de tanto dolor, habría esperanza para más.

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