Una vez llegado al sitio deseado, recogí las pocas cosas que quedaban en aquella vivienda y me dispuse a emprender camino a casa de algún amigo, alguien con quien poder hablar de mis cosas y así de paso, siendo oportunista, conseguir alguna que otra dosis de nicotina para mi cerebro.
Risas, llantos y bromas entre amigos hicieron de la tarde algo peculiar, por un momento, y solo por un momento, llegué a olvidar mis penas.
Una vez llegado a casa me parcaté que había caminado al menos durante treinta minutos sin quejarme de la ausencia de mi vehículo habitual, lo que me hizo volver a caer en el mismo cuento de siempre y a preguntarme por qué no fui capaz de aprovechar aquellos paseos prácticamente mañaneros a la gasolinera que me hacía dar. Recordé... Y nuevamente una sonrisa me pintó la cara.
"Cuidado con la farola, cuidado con la farola..." .
"Cuidado con el bordillo, cuidado con el bordillo...".

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