Desperté tumbado sobre una dura y fria camilla de metal, no sabía exactamente dónde estaba ni qué estaba haciendo allí. Alcé la cabeza intentando reconocer algo familiar, de repente, sentí una fuerte sensación de vacío en mí, preocupado, llevé mis manos hacia la zona toráxica de mi adormilado cuerpo, no había nada, nada en absoluto. Mis entrañas, esas que me habían acompañado toda mi vida, habían desaparecido, pero de alguna misteriosa forma era obvio que aún estaba vivo.
Tras unos minutos de reflexión, recuperé los ánimos para volver a echar otro vistazo y poder sacar algo en concreto de aquella escena tan peculiar. Parecía encontrarme en una especie de "zona quirúrgica": Bisturís y todo tipo de objetos cortantes y dolorosos abundaban en la sala, a un lado, junto a mi camilla, se encontraba una mesita de algún material parecido al acero inoxidable, en su parte superior logré adivinar la forma de un corazón humano metido en un frasco de cristal, aún latiendo, pero con dificultades. Pronto llegué a la conclusión de que aquel corazón era el mío, y lo supe facilmente ya que es uno de los pocos que pueden seguir latiendo cuando su contenedor está en las condiciones en las que yo me hallaba.
Me llevé las manos a la cabeza, luego recordé que no hacía mucho había revisado en mis interiores en busca de algo, por lo que deduje que ahora no solo eran mis manos las manchadas de sangre. Cuando caí en cuentas de todo lo que pasaba ya me encontraba totalmente ensangrentado, desganado y enteramente traumatizado por lo que estaba viviendo. Tras unos minutos a solas logré escuchar el pestillo de una de las puertas de la sala quirúrgica abriéndose, tras la sangre llegó el sudor, la intriga por saber quién era la persona que había hecho esto conmigo. Cerré fuertemente los ojos, esperando despertar de la terrible pesadilla, de nada sirvió, el ente desconocido se acercó a mí con paso lento y cuando al fin llegó hasta donde se encontraban mis restos balbuceó unas pocas palabras:
-Confía en mi, tu corazón estará en buenas manos.
Abrí los ojos y todo se iluminó, aquellas palabras tenían sentido viniendo de esa persona.
El silencio pareció dueño y señor de la sala durante unos segundos, que a mi parecer, fueron los más largos que jamás haya vivido nunca.
- Vuelve a cerrar los ojos, cuidaré de ti y de tu corazón. Mañana te despertarás sano y salvo y yo estaré ahí para cuidarte y protegerte.
Y así fue, cerré los ojos dejándome llevar por la paz que me inspiró y por su hermosa mirada...
Una vez más, desperté. Era un nuevo día...
Que pesadilla más real. ¿No?.

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